A. Introducción
El alto índice de mortandad de empresas familiares en España no es casual. La coexistencia de tres grupos de personas (familiares, propietarios y trabajadores) vinculados a la empresa familiar, con intereses frecuentemente contrapuestos, tiene mucho que ver con ello.
Como consecuencia de la interrelación de esos tres grupos de personas surge en las empresas familiares la necesidad de conjugar intereses personales, familiares, afectivos, económicos y legales. Esta situación, cuando entran en juego los descendientes del fundador, puede ser origen de conflictos familiares que, si no se adoptan las medidas adecuadas, afectarán seriamente a la empresa.
Efectivamente, en primera generación, cuando el fundador está trabajando solo en la empresa, el conflicto es difícil que se produzca. El fundador se siente arropado por su cónyuge y por sus hijos. El ascendiente de los padres sobre los hijos se deja sentir con fuerza, y hay un sentido de integración y de pertenencia al grupo familiar muy acentuado, que unido a los intensos lazos afectivos existentes en la familia, motiva la ausencia de problemas.
La existencia de esos tres grupos comienza a manifestarse cuando los hijos se incorporan a la empresa, se casan y tienen hijos. En esta situación (sociedad de hermanos) el ascendiente de los padres disminuye, y el sentido de pertenencia al grupo familiar y los lazos afectivos se reparten entre la familia de origen y la propia familia creada por los mismos y, por tanto, se debilitan.
Si avanzamos una generación más nos encontraremos con una sociedad de primos (el denominado consorcio de primos), en la que el sentido de pertenencia a la familia y los lazos afectivos de los hijos se diluyen aún más. A partir de esta generación se manifiestan de manera aún más ostensible los tres grupos de que hablábamos al comienzo. Las relaciones personales se debilitan y las posibilidades de conflicto aumentan.
La constatación de esta realidad ha de llevar a la familia empresaria a una conclusión: si la familia propietaria cambia, también debe cambiar la forma de gestionar la empresa. Dicho de otra forma: el ciclo vital de la familia condiciona –y de manera decisiva- la gestión de la empresa.
Ello no significa que ambos ciclos vitales –el de la familia y el de la empresa – coincidan necesariamente en el tiempo. Pero es imprescindible adquirir conciencia de que cada etapa de la familia requiere aplicar a la empresa una “receta” distinta de la aplicada por la generación anterior para asegurar su continuidad.
No puede obstinarse el fundador en que sus hijos apliquen a la empresa la misma receta que él aplicó para triunfar. A él le sirvió. Pero los propietarios de la empresa son otros, la familia ha cambiado y las relaciones entre sus componentes y la forma en que éstos viven la empresa también. Por tanto, la forma de gestionar la empresa tendrá que adecuarse a la nueva realidad familiar. De no ser así, las posibilidades de supervivencia de la empresa se verán seriamente comprometidas[1].
Analicemos por partes la multiplicidad de relaciones que se producen en el seno de la empresa familiar, y que se complican más a medida que la familia va creciendo.
Si consideramos el grupo familiar hay que tener presente que sus componentes, además de ser miembros de una misma familia, pueden, a su vez, trabajar o no en la empresa propiedad de la familia, ser o no propietarios de la misma, y su parentesco puede ser consanguíneo o por afinidad (familia política).
Si examinamos el grupo de la propiedad de la empresa, deberemos tener en cuenta, de igual forma, que los propietarios de la misma pueden, a su vez, ser o no miembros de la familia y trabajar o no en la empresa.
Y, por último, si consideramos el grupo de los trabajadores de la empresa, conviene que tengamos presente que éstos pueden, a su vez, ser o no miembros de la familia, y propietarios o no de la empresa.
Las relaciones entre estos tres grupos pueden dar lugar a siete grupos de personas, según podemos ver en la figura 1 (“Modelo de los tres círculos”):
1. Miembros de la familia, que no son propietarios y no trabajan en la empresa.
2. Propietarios de la empresa, que no son miembros de la familia y no trabajan en la empresa.
3. Empleados de la empresa, que no son miembros de la familia y no son propietarios.
4. Miembros de la familia, que son propietarios y no trabajan en la empresa
5. Miembros de la familia, que no son propietarios y trabajan en la empresa.
6. Propietarios, que no son miembros de la familia y trabajan en la empresa.
7. Miembros de la familia, que son propietarios y trabajan en la empresa.
Si los intereses de los distintos grupos que en cada caso coexistan convergen en la misma dirección, lo que no suele ser fácil, la empresa familiar no se verá afectada; si, por el contrario, y como ocurre con frecuencia, esos intereses son divergentes, se crearán tensiones entre los miembros de la familia, que deteriorarán las relaciones familiares y afectarán de manera negativa a la empresa perjudicando su gestión.
El camino a seguir pasa por separar familia y empresa, es decir, por objetivar hasta donde llega la familia y donde comienza la empresa, porque cuando no están explicitados, objetivados y aceptados esos límites el riesgo de que se confundan los intereses personales y familiares con los intereses de la empresa aumenta de manera considerable (ver figura 2).
La consecuencia fundamental que se obtiene de esta observación es que los miembros que integran la familia han de conciliar su doble condición (o triple, en algunos casos) de familiares, empresarios (o dueños de una empresa) y/o trabajadores de la misma. A veces ocurrirá que la decisión adoptada como empresario o trabajador no sea la que desde el punto de vista familiar o personal hubiera deseado adoptar, y viceversa. En esto radica la principal dificultad: conjugar y dar satisfacción a las demandas y necesidades de la familia y de la empresa, evitando que cualquiera de ellas se vea negativamente afectada (“Sistema de la empresa familiar”).
[1] Esta idea de la adaptación al cambio la explica muy bien Nicolás Maquiavelo en El Príncipe de la siguiente forma: “... Si un hombre actúa con precaución y prudencia, y los tiempos y las cosas van de manera que su forma de proceder es buena, va progresando; pero si los tiempos y las cosas cambian, se viene abajo porque no cambia de manera de actuar … porque al haber prosperado siempre caminando por un único camino no se puede persuadir de la conveniencia de alejarse de él. Por eso el hombre precavido, cuando llega el tiempo de echar mano al ímpetu, no lo sabe hacer y por lo tanto se hunde. Si se cambiase la naturaleza de acuerdo con los tiempos y las cosas, nunca cambiaría la fortuna …
... Prospera aquel que armoniza su modo de proceder con la condición de los tiempos..., paralelamente, decae aquel cuya conducta entra en contradicción con ellos ...
... Concluyo, por tanto, que –al cambiar la fortuna y al permanecer los hombres obstinadamente apegados a sus modos de actuar- prosperan mientras hay concordancia entre ambos y vienen a menos tan pronto como empiezan a separarse ...”
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